Eso era lo único que merecía mi atención. El tic-tac del reloj. Su interminable melodía y su perfecto ritmo.
No es que crea al tiempo lo suficientemente importante. No lo es, de eso por lo menos si estoy segura. Pero el sonido era constante, armonioso. Merecía ser escuchado.
En el otro cuarto, se escuchaba la acalorada conversación de mi familia y amigos. O bueno, así se hacían llamar; pero... No me sentía a gusto con ellos.
Ni con el abrazo de aquellos a los que creí amar, o la compañía de aquellos que creía conocer.
¡Oh! ¡Eso sí que es osado! (O rosado? Ja!).
No, pero se requiere valentía para admitir que alguien conoce a otro alguien.
¿Será valentía o pura tontería?
Solo idiotez. Todos sabemos que no puedes conocer a nadie.
Permanecemos ignorantes ante el pensamiento ajeno. Vivimos entre extraños, y aún con esa realidad inminente; no dejamos de buscar a ese alguien que nos haga sentir especial.
¿Especial? Admitámoslo, no somos especiales. Somos sólo un error de la naturaleza, una falla en el planeta. Sin ton ni son. Sólo somos.
Pero, ¿por qué entonces nos asusta la soledad? ¿Qué es aquello que tanto nos atormenta?
Es eso. Estar sin nadie a tu lado. Pensar, reflexionar, vivir, existir. Conocerte Y reconocerte a tí mismo.
¿Es eso lo que tanto asusta? ¿Darse cuenta de su verdadera personalidad? ¿Les da temor notar la realidad de su ser? Probablemente.
No entiendo que tiene de malo la soledad. Muchas veces es la mejor compañera.
O incluso, una amiga.
Supe de alguien, no de alguien cualquiera, de UN alguien, que, para él; la soledad era una droga. Que no se puede vivir sin ella pero tampoco con ella.
Realmente creo que es así. Y, aunque jamás lo había pensado de esa forma, me encanta.
Continúa el reloj con su interminable tic-tac. A muchos los desespera, a mí en cambio, me relaja; porque a diferencia del mundo en el que vivimos, es constante.
jueves, 11 de junio de 2009
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